jueves, 6 de junio de 2013

Sin cambur, no hay paraíso


Levante la mano a quien no le gusta el cambur… no te rías y levántala con orgullo si amas tanto esa fruta prohibida, como yo.

 
¡Si, fruta! ¿En que estabas pensando?

 
El cambur es una fruta muy especial, su olor, su textura y sabor dulce son inconfundibles.

Su color amarillo en distintas tonalidades de principio a fin (tanto la concha como la fruta), te invitan a disfrutar una merienda sana, llena de fibra y sin grasa.

No solo es el aliado perfecto para los deportistas, por aquello de “subir el potasio”, sino también para los más pequeños quienes suelen ser apáticos ante  vegetales y frutas en sus inicios, pero que gracias a su sabor “se deja colar” como un “postrecito” mas.


Por si fuera poco, en Venezuela se consiguen varios tipos de cambur, entre ellos el manzano y el titiaro (vienen recuerdos de mi infancia, cual el comensal de la película Rataouille)
 

¡Pero ALERTA, ALERTA!  Si bien el cambur es vital para una dieta sana, esta fruta contiene tres azúcares naturales: sacarosa, fructosa y glucosa, y evidentemente su consumo en exceso puede ser contraproducente para aquellas personas que tienden a engordar. Es recomendable comer la mitad del cambur en la merienda, si este es del tamaño promedio, y preferiblemente en la mañana, no en las meriendas de la tarde o noche.

Pero, no precisamente cito las maravillosas propiedades del cambur para iniciar una dieta de nutricionista, por el contrario, es mi antesala a algo maravilloso que me ocurrió el pasado miércoles en el cumpleaños de un familiar en donde comimos muy rico, pero el momento glorioso fue cuando el mesonero acerco la tradicional torta para cantar “el cumple”,  tamaño familiar y con una “fisionomía” nunca antes vista por mi tratándose de una “torta de cambur” o como prefiero llamarla de ahora en adelante “la señora marquesa de cambur” … pero esto lo dejare para otro post, porque este postre amerita una real alabanza.